I. DEFINICION: La definici�n de sistema de partidos presenta una dificultad preliminar. La definici�n tradicional y m�s difundida destaca, en efecto, la caracter�stica de competencia entre m�s de una unidad partidaria y la forma y la modalidad de esta competencia. "la tem�tica pertinente de los sistemas de partidos est� dada por los modelos de interacci�n entre organiza-ciones electorales significativas y genuinas en los gobiernos representativos -gobiernos en los cuales tales sistemas adoptan predominantemnte (bien o mal) las funciones de producir las bases para una eficaz autoridad y de definir las alternativas que pueden ser decididas por los procedimientos electorales" (Eckstein, 1968, p�g 438).
La mayor parte de los estudiosos parece adherir a la posici�n expresada por Eckstein, a�n cuando muchos otros estudiosos consideren que los sistemas con partido �nico constituyen un objeto leg�timo de an�lisis, con la advertencia de que en estos sistemas falta cuando menos un importante elemento, esto es la interacci�n entre m�s partidos, elemento que no es nunca completamente reemplazado por la competencia interna entre grupos.
La posici�n m�s favorable a la inclusi�n del sistema con partido �nico entre los sistemas de partidos ha sido expresada por Riggs, quien afirma que un sistema partid�stico consiste en algo que va m�s all� de uno o m�s partidos, pues comprende tambi�n ciertos procedimientos electivos, una asamblea legislativa y un ejecutivo: "En breve, el sistema de partidos ser� cualquier sistema que legitime la elecci�n de un poder ejecutivo por medio de votaciones y que comprenda a los electores, a uno o m�s partidos, y a una asamblea" (Riggs, 1968, p�g. 82), destacando tambi�n que la competitividad o la no competitividad son s�lo una de las caracter�sticas posibles de un sistema de partidos Esta definici�n termina por considerar un sistema de partidos como la variable interviniente entre partido o partidos pol�ticos y sistema pol�tico. Adem�s permite distinguir los distintos sistemas de partidos (tambi�n los sistemas con partido �nico) en base a la caracter�stica de competitividad, de electividad o no electividad del ejecutivo y de la asamblea, de alternancia o de monopolio del ejecutivo por parte de un partido y finalmente, last but not least de distinguir netamente entre sistemas con partido �nico y sistema sin partido (com�nmente definidos como tradicionales o feudales). Esta ser� la perspectiva aqu� adoptada.
II. GENESIS DE LOS SISTEMAS DE PARTIDOS: Tambi�n para el que se interesa por la formaci�n de los sistemas de partidos es posible individualizar una tesis tradicional y una tesis m�s moderna (sin que por esto todo lo justo est� necesariamente en una sola parte ). Mientras los soci�logos durante largo tiempo han estado sustancialmente interesados por el problema de las relaciones entre clases sociales y cada partido pol�tico, los polit�logos dirig�an en cambio su atenci�n a los sistemas electorales en cuanto instrumentos adecuados para facilitar o impedir no tanto y no ciertamente la formaci�n de cada partido, sino su acceso a la representaci�n parlamentaria. Procediendo as�, sin embargo, por un lado era inevitable que los soci�logos se desinteresaran de la tem�tica del sistema de partidos y por el otro era igualmente inevitable que los polit�logos descuidaran los sistemas con partido �nico (desde el momento que se trata de sistemas no competitivos, por lo que el mecanismo electoral adoptado no tiene ninguna influencia sobre el espectro pol�tico). Los polit�logos, por lo tanto, llegaron frecuentemente a conclusiones expresadas de manera m�s o menos neta, sobre la influencia de los sistemas electorales respecto de los sistemas partid�sticos, vinculando, como hace Duverger (1961, P�gs. 255-333), los plurality systems con el bipartidismo a la inglesa, los majority systems con un multipartidismo limitado y la representaci�n proporcional con un multipartidismo acentuado o extremo.
Durante largo tiempo la situaci�n de la clasificaci�n y de la tipolog�a de los sistemas de partidos no lograron ninguna mejora a pesar de las numerosas e incisivas cr�ticas dirigidas a Duverger sobre la base de las muchas excepciones respecto de las cuales sus generalizaciones no estaban en condiciones de tener en cuenta. En cuanto al sector de estudio de loa partidos, no es actualmente uno de los m�s desarrollados en la ciencia pol�tica contempor�nea; no obstante en la mitad de la d�cada de los a�os '60 aparecieron dos importantes tipolog�as, una de car�cter sociol�gico y la otra de car�cter politol�gico. La primera parece estar en mejores condiciones de explicar el origen hist�rico de los sistemas de partidos (Lipset y Rokkan, 1967); la otra parece m�s apta para la explicaci�n de la "mec�nica" de los sistemas de partidos (Sartori, 1968 b), a�n cuando el autor ha tratado en otra parte de llegar a una explicaci�n gen�tica de la configuraci�n de los distintos sistemas de partidos que sea tambien predictiva y "manipulativa" (Sartori, 1968 a), o sea que permita incidir sobre la configuraci�n misma del sistema.
El punto de partida de Lipset y Rokkan est� dado por el an�lisis de los procesos de modernizaci�n socioecon�mica y democratizaci�n pol�tica en Europa occidental a partir de la Contrarreforma y de las tentativas de construcci�n del estado nacional. Los autores detectan cuatro tipos de fracturas o cleavages sobre los cuales se injertan los conflictos que han sacudido los sistemas pol�ticos occidentales pero cuya "traducci�n" en partidos pol�ticos no fue para nada autom�tica. Las cuatro fracturas son: fractura entre el centro y la periferia, que aparece en el per�odo que abarca los siglos XVI-XVII y cuyos dilemas cruciales estaban representados por la adopci�n de una religi�n nacional o por la fidelidad a la iglesia cat�lica, por la adopci�n de una lengua nacional o por el uso del lat�n. La fractura entre el estado y la iglesia se manifest� en seguida de la revoluci�n francesa y ten�a como problema fundamental la creaci�n de los sistemas nacionales y laicos de instrucci�n o la aceptaci�n de escuelas confesionales. La tercera fractura, entre propietarios de la tierra y empresarios industriales surge inmediatamente a la revoluci�n industrial y se manifest� en el conflicto sobre el proteccionismo en el sentido de si deb�a acordarse a los productores agr�colas o a los productores industriales y sobre el grado de control y de libertad para las empresas industriales. La cuarta fractura, entre propietarios de los medios de producci�n y prestadores de la mano de obra, se present� en forma m�s aguda despu�s de la revoluci�n bolchevique y se manifest� en el dilema entre integraci�n en los sistemas pol�ticos nacionales o apoyo al movimiento revolucionario internacional.
Lipset y Rokkan destacan luego con particular vigor que "la secuencia decisiva en la formaci�n de los partidos se verifica en los primeros estadios de la pol�tica competitiva, en algunos casos bien antes de la extensi�n del sufragio, en otros casos poco antes de la carrera para la movilizaci�n de las masas admitidas al voto" (partidos34), o sea que las fracturas fundamentales en la sociedad y su "traducci�n" en partidos y en s,. de partidos diferentes y t�picos estaban ya suficientemente consolidadas antes de manifestarse la fractura entre propietarios de los medios de producci�n y prestadores de mano de trabajo, de manera que ellos concluyen que "los contrastes decisivos entre los distintos sistemas emergieron antes del ingreso de los partidos de la clase obrera en la arena pol�tica, y el car�cter de estos partidos de masas fue notablemente influido por la constelaci�n de ideolog�as, de movimientos y de organizaciones con las cuales deb�an encontrarse en la contienda" (partidos35). La teor�a de Lipset y Rokkan, altamente sugestiva y rica de entronques hist�ricos, tanto que no puede ser comprendida plenamente si no se la refiere a la estructura sociopol�tica de cada sistema pol�tico, al an�lisis en profundidad de los cuales los autores oportunamente remiten, no est� sin embargo en condiciones de explicar la g�nesis de los partidos �nicos, sea �ste el nazi o el bolchevique, para circunscribirnos a Europa, justamente por su naturaleza de teor�a sociol�gica (sobre este punto, v. infra).
La teor�a de Sartori, todav�a no completamente sistematizada, tiene dos componentes esenciales: por un lado es una respuesta cr�tica ala teor�a de Duverger y de otros sobre las relaciones entre sistemas electorales y sistemas partid�sticos, y por otro lado es una tentativa de clasificar los distintos sistemas de partidos y de explicar su funcionamiento. Por lo que respecta a la g�nesis, Sartori sostiene que es necesario volver a la fase de la extensi�n del sufragio y distinguir entre sistemas electorales fuertes (los plurality systems) y sistemas electorales d�biles (los distintos tipos de representaci�n proporcional) y entre sistemas partid�sticos fuertes o consolidados y sistemas partid�sticos d�biles o no estructurados. El autor sostiene que, en el caso de encuentro de un sistema electoral fuerte y un sistema partid�stico consolidado, el sistema electoral provocar� una reducci�n del n�mero de los partidos (como sucede en Inglaterra); en el caso de encuentro de un sistema electoral fuerte y un sistema partid�stico no estructurado se tendr� el mantenimiento del status quo (Europa continental antes de 1914): la representaci�n proporcional ser� contrabalanceada en sus efectos por la presencia de un sistema partid�stico fuerte (Austria 1945), mientras que se limitar� a "fotografiar" la situaci�n en caso de encuentro con un sistema partid�stico d�bil. Por lo tanto el supuesto y tan deseado efecto multiplicador de la representaci�n proporcional adviene s�lo en aquellos casos en que los partidos hayan estado "reducidos" o comprimidos por el anterior sistema electoral (1968 a, ppartidos285-286). Ni aun Sartori, obviamente, refiri�ndose a los sistemas de partidos competitivos, puede rendir cuentas de la g�nesis de los partidos �nicos.
III. GENESIS DEL SISTEMA CON PARTIDO UNICO: Hab�amos visto c�mo algunos autores liquidan el problema de los sistemas con partido �nico de manera expeditiva, excluy�ndolos del �mbito y del estudio de los sistemas de partidos verdaderos y propios. Otros se limitan a notar r�pidamente que son productos de factores excepcionales (casi irrepetibles) como guerras, revoluciones, depresiones mundiales, luchas por la independencia, etc. y que se mantienen gracias al uso desprejuiciado de los instrumentos de poder. S�lo recientemente se ha tratado de profundizar la causa de su g�nesis, de poner en claro las consecuencias de su presencia para el sistema pol�tico y de sugerir eventuales tendencias para un retorno a un sistema competitivo.
El punto de partida para todo an�lisis sobre el partido unico parece ser el modelo leninista de partido, organizaci�n disciplinada de revolucionarios profesionales dedicados a la conquista del poder. En esta concepci�n, por consiguiente, el partido es el instrumento que, en tanto ligado a la clase de los proletarios de la cual emerge, representa la vanguardia m�s conciente y se hace portador e int�rprete de los intereses de toda la clase, logrando crear la conciencia misma de clase. El partido, en sustancia, instrumento y representante de una clase, deber�a desfallecer en una sociedad sin clases. En pol�mica m�s o menos declarada con la concepci�n marxiana que hace de los partidos los representantes de los intereses de las clases, los l�deres africanos de los sistemas pol�ticos con partido �nico han contrapuesto dos concepciones contradictorias entre s�. Algunos de ellos (Nyerere y Senghor) sostienen que si los partidos representan las clase sociales, en la medida en que los pa�ses africanos no tienen clases sociales distintas es justo que tengan un solo partido; otros (S�kou Tour�, sobre todo) sostienen en cambio, que la existencia de un solo partido en los distintos sistemas pol�ticos est� justificada por el hecho de que es necesario combatir y superar las divisiones �tnicas que ser�an ulteriormente agudizadas por una competencia abierta multipartidaria, con los partidos como representantes probables de los distintos grupos �tnicos.
Como se ve, la primera justificaci�n est� constituida por un silogismo imperfecto ya que, prescindiendo del hecho de que los partidos no surgen �nicamente sobre la base de las clases, el hecho de que en Africa no existan clases sociales es algo que todav�a est� por demostrarse. La segunda justificaci�n es casi opuesta a la primera, ya que partiendo de la verificaci�n de la fragmentaci�n de la sociedad africana afirma prescriptivamente la exigencia de un solo partido a los fines de la unificaci�n de los distintos subsistemas pol�ticos. Desde el punto de vista hist�rico, en resumidas cuentas, ambas "teor�as" son erradas. En efecto, en la mayor parte de los pa�ses africanos en que se llega a un sistema con partido unico esto sucede inmediatamente despu�s de una o m�s de estas circunstancias: el partido hab�a conducido victoriosamente la batalla por la independencia (Ghana, Guinea, Kenya); el partido hab�a usufructuado de un excepcional monopolio del poder y se estaba desembarazando lentamente de sus rivales (Uganda, Senegal, Tanzania); el partido representa el �mbito efectivo de competencia pol�tica (Alto Volta y Costa de Marfil).
Recientemente algunos estudiosos (Moore y Huntington, 1970) han propuesto una explicaci�n distinta del origen de los sistemas con partido �nico con referencia a la naturaleza de la sociedad en que surgen. Tomando los medios de an�lisis del proceso de modernizaci�n, Huntington sostiene que los "sistemas con partido �nico tienden a ser el producto de la acumulaci�n de cleavages que crean grupos fuertemente diferenciados en la sociedad o bien el producto del aumento de importancia de un cleavage sobre los otros. Un sistema con partido unico es, en efecto, el producto de las tentativas de una �lite pol�tica por organizar y legitimar el dominio de una fuerza social sobre otra en una sociedad bifurcada (partidos11). seg�n Huntington, esta bifurcaci�n de la sociedad puede tener bases sociales, econ�micas, raciales, religiosas o �tnicas. Normalmente es el grupo m�s moderno de la sociedad y el dotado de las mejores capacidades organizativas el que da vida al partido �nico. Los sistemas con partido �nico se pueden dividir en dos tipos: exclusivistas y revolucionarios, seg�n se intente mantener las fisuras en la sociedad, conservar el monopolio del poder y restringir permanentemente la participaci�n pol�tica, o bien se intente recomponer la sociedad sobre bases distintas despu�s de haber destruido o asimilado a los grupos sociales derrotados. Al primer tipo pertenecen los sistemas de Liberia, la Turqu�a kemalista y la China nacionalista; al segundo el partido nacional-socialista, los sistemas comunistas y el PRI de M�xico.
A�n cuando la explicaci�n de Huntington es fascinante, sobre todo en lo que respecta, como veremos m�s adelante, a la transformaci�n y al cambio de estos sistemas con partidos �nicos, su clasificaci�n nos deja perplejos por la heterogeneidad manifiesta de los partidos que son asignados a distintas categor�as. En el fondo, bajo este punto de vista, Huntington no innova sustancialmente sobre la tradicional bipartici�n de los sistemas con partido �nico entre sistemas autoritarios y sistemas totalitarios.
Sartori ha destacado justamente que el criterio num�rico mantiene todav�a su validez, sobre todo si es afianzado con otros criterios. Es as� posible distinguir entre sistemas con partido �nico en el que existe un s�lo partido (y a su vez entre sistema con partido �nico totalitario o autoritario y pragm�tico seg�n la ideolog�a y el grado de monopolio pol�tico y de control sobre la sociedad que ellos ejerciten) y sistema con partido hegem�nico, en el que siempre un solo partido puede vencer en las elecciones, pero est� permitido a otros partidos adquirir una representaci�n parlamentaria y alguna influencia administrativa y por tanto gubernativa (Polonia, acaso Checoslovaquia). Tambi�n los sistemas con partido hegem�nico pueden ser subdivididos en sistemas con partido hegem�nico ideol�gico, hegem�nico autoritario y hegem�nico pragm�tico. En este punto se tira la l�nea que separa los sistemas partid�sticos no competitivos de los sistemas partid�sticos competitivos.
IV. DINAMICA Y CAMBIO DE LOS SISTEMAS DE PARTIDO: La clasificaci�n de Sartori prosigue tomando en examen los sistemas con partidos predominantes, sistemas multiparti-darios en el que a lo largo de un tiempo bastante prolongado un solo partido conquista un n�mero de bancas suficientes para gobernar por s� solo (es el caso del Partido Socialdem�crata de Noruega hasta 1965, del Partido del Congreso de la India, del Partido Liberal Democr�tico del Jap�n y del Partido Dem�crata en numerosos estados del sur de los EEUU). Vienen luego los sistemas bipartidistas, es decir todos aquellos en los cuales, independientemente del n�mero de partidos solo dos ten�an la leg�tima expectativa, peri�dicamente satisfecha de gobernar por s� solos, o sea sin necesidad de recurrir a otros partidos (y as� lo hicieron). Son sistemas bipartidistas el de Inglaterra, el de EEUU, el de Nueva Zelandia, pero no el de Austria, donde, hasta 1966 los dos mayores partidos hab�an gobernado en forma conjunta, ni el de Colombia, donde los dos partidos se repartieron el poder, como tampoco el caso de Uruguay, donde el Partido Colorado ha estado ininterrumpidamente en el poder durante 93 a�os, adquiriendo por lo tanto todas las caracter�sticas de partido predominante. No todos los sistemas con s�lo dos partidos son bipartidistas y no todos los sistemas bipartidistas tienen s�lo dos partidos (en Inglaterra, por ejemplo, tienen una representaci�n parlamentaria tres partidos).
Pasando a los sistemas multipar-tidarios, Sartori considera oportuno diferenciar los sistemas con limitada fragmentaci�n, desde tres hasta cinco partidos, que representan una competencia centr�peta y en la que media cierta distancia ideol�gica entre los distintos partidos (multipartidismo moderado y limitado) y los sistemas con elevada fragmentaci�n, con m�s de cinco partidos, que presentan una competencia centr�fuga con la m�xima distancia ideol�gica (multipartidismo extremo y polarizado). En base a las caracter�sticas de la competencia pol�tica, de la distancia ideol�gica y del grado de fragmentaci�n, Sartori puede hipotetizar las transformaciones de algunos sistemas partid�sticos con partido predominante en sistemas bipartidistas, en sistemas con multipar-tidismo limitado y moderado o con multipartidismo extremo y polarizado y, adem�s, indicar que el progresivo vaciamiento del centro constituye el peligro m�s grande de los sistemas con multipartidismo extremo y polarizado. Puede finalmente sugerir que el uso inteligente de los sistemas electorales es uno de los modos te�ricamente posibles, pero no necesariamente realizables desde el punto de vista pol�tico, para reducir la fragmentaci�n partid�stica.
En lo que respecta a los sistemas monopartidistas, Huntington considera que su transformaci�n est� marcada no s�lo por el modificado equilibrio entre los grupos en el interior del partido �nico sino tambi�n, y acaso m�s, por la modificada relaci�n de fuerzas entre el partido y las otras instituciones y grupos presentes en la sociedad. Si el contexto internacional es favorable, el partido �nico exclusivista puede tratar de prolongar su control del poder aflojando el ritmo de los cambios econ�mico-sociales, haciendo amplio uso de la represi�n o tratando de adaptarse a la moder-nizaci�n y sus consecuencias. Con el tiempo, el partido �nico exclusivista puede tambi�n ser obligado a ceder el poder, como sucedi� al Partido Repu-blicano Turco (lo que por otro lado, es el �nico ejemplo hoy por hoy de un partido �nico que ha cedido el poder sin conseguir, sin embargo, institucionalizar un sistema alternativo sino m�s bien conviviendo, entre graves y recurrentes dificultades, con los militares que emergieron como tutores de la "democracia").
"Los sistemas monopartidistas exclu-sivistas cambian cuando no tienen �xito; los sistemas monopartidistas revolucionarios cambian cuando tienen �xito. En ambos casos el fin de la bifurcaci�n [de la sociedad] mina los fundamentos del sistema, y en el sistema revolucionario el fin de la bifurcaci�n es el objetivo del sistema" (partidos23). De suerte que si el partido revolucionario logra alcanzar su objetivo, lejos de perder el poder se transforma en sistema partid�stico consolidado (established) y su estabilidad ser� medida sobre la base del modo y el grado en que se demuestre capaz de absorber la oposici�n y de transformar a los disidentes en participantes.
V. SISTEMAS DE PARTIDOS Y SOCIEDAD: Tiene gran importancia saber cu�les son las funciones desarrolladas por los distintos sistemas de partidos en los respectivos sistemas pol�ticos y adem�s indagar las relaciones entre sistemas de partidos y sociedad, considerando, como ha sugerido Riggs, el sistema de partidos como variable interviniente entre una sociedad y un sistema pol�tico. Evidentemente no se puede expresar un juicio absoluto sobre la funcionalidad de los distintos partidos: el juicio va ante todo ligado a los problemas que un determinado sistema pol�tico est� llamado a resolver y por lo tanto pr�cticamente al grado de desarrollo socioecon�mico de la sociedad.
Si es verdad que un sistema partid�stico surge a partir de ciertas fracturas sociales y sobre ellas se consolida, es tambi�n verdad que �l adquiere inmediatamente una din�mica en gran medida aut�noma y hasta una cierta viscosidad que le permite absorber con extrema lentitud los cambios sociales que se verifican (a�n cuando, en su interior, puedan formarse partidos que "anticipen" fracturas sociales emergentes). La observaci�n esencialmente correcta y emp�ricamente fundada de Lipset y Rokkan seg�n la cual "los sistemas partid�sticos de los a�os '60 reflejan. con pocas pero significativas excepciones, las fisuras estructurales de los a�os '20" (partidos50) es indicativa del papel paralizante y no innovador desarrollado por los sistemas partid�sticos, frente a, y no obstante los, profundos cambios acontecidos en distintos sectores: desde la urbanizaci�n acelerada hasta la creciente alfabetizaci�n, desde la exposici�n a los medios de comunicaci�n de masa hasta la restructuraci�n de las clases en capas. Por lo tanto, no s�lo los partido m�s importantes y m�s s�lidamente instalados act�an con eficacia para el mantenimiento de sus electores a trav�s de un extenso "encapsulamiento organizativo" sino que los mismos sistemas de partidos no est�n en condiciones de reflejar las nuevas fisuras sociales ni de hacerse portadores de las issues emergentes.
Para proceder a una valoraci�n del rol de los sistemas de partidos es por tanto necesario individualizar preliminarmente algunos par�metros. Ante todo el grado de homogeneidad o heterogeneidad integrantes de un sistema: cuando m�s heterog�neos son los partidos tanto menos integrado ser� el sistema y cuanto mayor sean las tensiones tanto m�s probable ser� el mal funcionamiento del sistema en el sentido de expresar un gobierno responsable y una oposici�n equilibrada y cre�ble. En los sistemas bipartidistas la norma es que los partidos tiendan a parecerse en la medida en que la competencia pol�tica est� orientada hacia el centro del esclarecimiento pol�tico, donde se encuentran los electores indecisos. La competencia se desarrolla de modo similar tambi�n en los sistemas de multipartidismo limitado o moderado, a�n cuando cada partido "cuida" en mayor medida el propio electorado potencial, mientras en los sistemas con multipartidismo extremos y polarizado, el nivel de tensi�n ideol�gica es m�s elevado en la medida en que cada partido procura su distintividad y el intento de erosionar el terreno pol�tico en torno al centro puede ser m�s pronunciado. A la larga, sin embargo, todo sistema partid�stico tiende a hacer homog�neo bajo muchos aspectos los varios partidos que lo integra asimil�ndolos al sistema mismo.
El segundo criterio est� constituido por la relevancia o importancia del sistema partid�stico para el sistema pol�tico. Es evidente que un sistema con partid �nico totalitario ser� tanto m�s relevante en la medida en que controle completamente, por ejemplo, la funci�n de reclutamiento, la funci�n de socializaci�n y la funci�n de la formaci�n de la norma. Un sistema con partido �nico autoritario, como por ejemplo el Partido Falangista Espa�ol, es mucho menos relevante en lo que a estas dimensiones se refiere. An�logamente, es posible valorar la relevancia de los sistemas multipartidistas con referencia al grado de diferenciaci�n de la sociedad y de institucionalizaci�n de las otras estructuras pol�ticas, sociales y econ�micas.
Los sistemas de partidos pueden tambi�n ser paran-gonados en base a la eficiencia, o sea a la capacidad y a la rapidez con que pueden afrontar y resolver los problemas que se le presentan, y en base a la receptividad, o sea a la capacidad de receptar las demandas de la poblaci�n y de favorecer en particular la participaci�n de los m�s altos estratos. Durante largo tiempo la tesis prevaleciente ha puesto de relieve las disfunciones y las carencias de los sistemas multipart-idistas como aquellas de la III y IV Rep�blica francesa (de las que ven�amos destacando las caracter�sticas de inmovilismo, es decir de no receptividad respecto de los cambios acontecidos en la sociedad, y de una fragmentaci�n tal como para impedir la responsabilidad de los distintos partidos, de manera tal que los electores que hab�an votado a la izquierda encontraban un gobierno de centro-derecha) y de la rep�blica de Weimar, de modo tal que para dar una valoraci�n de los sistemas multipar-tidistas escandinavos algunos autores recurren al concepto de Working Multiparty System (casi una contradicci�n en los t�rminos seg�n la doctrina ahora prevaleciente). La distinci�n efectuada por Sartori entre multipartidismo limitado y multipartidismo extremo permite captar tambi�n la caracter�stica de la mec�nica (es decir del funcionamiento) asociada a los dos tipos de sistemas multipartidistas.
Por otro lado, ni siquiera los sistemas bipartidistas han quedado exentos de cr�ticas. En efecto, se sostiene que ellos tienden a presentar al electorado un �mbito de elecci�n muy restringido, que cuando los partidos son muy indiscipli-nados, como los partidos norteamericanos, es dif�cil atribuir una responsabilidad pol�tica precisa (de aqu� la larga campa�a conducida por hombres pol�ticos y estudiosos norteamericanos y dirigida a lograr un "sistema bipartidista m�s responsable"), que son parcialmente receptivos pero no innovativos, etc, etc. Quienes son partidarios del bipartidismo replican, sin embargo, que en estos sistemas es posible un m�s frecuente recambio de la clase pol�tica, que se puede individualizar claramente al gobierno y a la oposici�n y, adem�s, que es f�cil atribuir la responsabilidad pol�tica individual.
En definitiva, sin embargo, ya que cada sistema de partidos es, como hab�amos visto, el pro-ducto de circunstancias hist�ricas que vienen de un pasado muy lejano, de determinados sistemas electorales y de su introducci�n en fases precisas de desarrollo y, last but not least, de elecci�n pol�tica y de capacidad organizativa, para lograr una valoraci�n adecuada y en profundidad de los distintos sistemas partid�sticos, no se podr� nunca prescindir del contexto social, pol�tico y cultural en que operan. Es as� que un sistema bipartidista funciona bien si se encuentra en una sociedad en la que existe un consenso de fondo (y/o contribuye a crearlo), pero puede provocar fuertes tensiones y fisuras profundas e inconciliables en una sociedad en la que no haya sido logrado un arreglo en cuanto a las reglas de juego. As� como un sistema monopartidista puede ser necesario para utilizar toda la energ�a de una sociedad en la primera fase de su desarrollo, de la misma manera puede transformarse en una capa para una sociedad ya diferenciada y compuesta por numerosos grupos sociales. El mismo discurso puede ser hecho para las complejas relaciones entre sistema partid�stico y desarrollo econ�mico y sistema partid�stico y democracia. El hecho mismo de que se deba proceder a trav�s de especulaciones e hip�tesis indica que nuestros conocimientos seguros sobre estos argumentos son muy limitados y esperan no s�lo verificaciones emp�ricas en cada uno de los sectores, y an�lisis diacr�nicos comparados sino tambi�n nuevas y audaces hip�tesis te�ricas.
BIBLIOGRAFIA. M. Duverger, Les partis politiques, Paris 1958, 2� edici�n; E. Allardt-Y. Littunen (eds.), Cleavages, ideologies and party systems, Helsinky, 1964; R. Schachter Morgenthau, Political parties in french-speaking west Africa, Londres, 1964; G. Sartori, "European political parties: The case of polarizad pluralism", en Political parties and political development, a cargo de J. Lapalombara y M. Weiner, Princeton, 1966.